Academy of Astrology

Desaprender: lo que exige pasar de la astrología moderna a la tradicional

La mayoría de quienes llegan a la astrología tradicional ya han aprendido otra. Llegan con un vocabulario que funciona, con una carta que saben leer en voz alta y —ahí está la dificultad— con un orden asentado en el que miran las cosas. El material nuevo no es difícil. El orden antiguo sí lo es.

Se parece más a aprender a escribir con la otra mano que a estudiar una materia nueva. El conocimiento no falta; compite.

El primer obstáculo no es técnico

Quien lleva diez años leyendo cartas con competencia ha invertido mucho, y con razón, en la idea de que las leía correctamente. Que le digan que el orden de las operaciones era erróneo no se recibe como una información. Se recibe como una acusación.

Conviene advertir que todo practicante tradicional hoy en ejercicio pasó exactamente por esto, porque no había otro sitio por donde empezar. El material no estuvo disponible en inglés de forma utilizable hasta los años ochenta. Nadie en este campo lo aprendió primero.

Conviene también ser preciso sobre lo que se afirma. No que la astrología antigua sea una alternativa interesante. La afirmación es más estrecha y más incómoda: es la astrología que se practicó sin interrupción durante unos dos mil años, y lo que la sustituyó hacia 1900 fue una reforma llevada a cabo por personas que, en un buen número de casos documentados, no habían leído el material que reformaban.

El determinismo: un malentendido que conviene aclarar

La objeción habitual es que la astrología tradicional es fatalista. No lo es, y la acusación confunde una práctica con algunos de sus practicantes —de los que hay ejemplos fatalistas en todas las escuelas, también en las modernas.

Lo que hace la técnica tradicional es enunciar de antemano las condiciones en que una cosa puede ocurrir. Eso no es lo mismo que afirmar que deba ocurrir. Un planeta sin dignidad, sin recepción y sin lugar no puede dar lo que significa, por sinceramente que el nativo lo quiera. Decirlo es un enunciado sobre capacidad, no sobre destino, y resulta mucho más útil al consultante que la tranquilizadora afirmación de que todo es posible.

Despejar la carta

El trabajo práctico empieza quitando cosas. Durante unos quince días esto parece un acto de vandalismo.

Los cuerpos

Siete planetas: las luminarias, los dos benéficos, los dos maléficos, Mercurio. Urano, Neptuno y Plutón se van, y con ellos los asteroides, los puntos y los puntos medios. La regla que lo sostiene no es arbitraria: el sistema está construido sobre lo que es visible y sobre la doctrina de la secta, la dignidad y la regencia que esa visibilidad sostiene. Un cuerpo sin domicilio, sin exaltación, sin triplicidad, sin término y sin faz no tiene cabida en ese sistema. No hay nada que pueda hacer en él.

La carta vacía desconcierta durante una semana y después se vuelve legible. Lo que los cuerpos añadidos proporcionan, sobre todo, es una manera de no tener que decidir nunca.

Los aspectos

Conjunción, sextil, cuadratura, trígono, oposición. Los aspectos menores se van. Y al principio se van también las líneas de aspecto trazadas en el centro de la carta: invitan al ojo a empezar por la geometría, y empezar por la geometría es el más persistente de los hábitos modernos. Primero la dignidad, después la condición, en tercer lugar el aspecto. Las líneas podrán volver cuando ese orden sea automático.

Los orbes

Los orbes pertenecen a los planetas, no a los aspectos. Cada planeta lleva su propia mitad de orbe, y dos planetas están en aspecto cuando la distancia se cierra sobre la suma de sus mitades. Es un modelo realmente distinto y cambia la carta: algunos aspectos familiares desaparecen y aparecen contactos que ninguna configuración moderna habría mostrado.

Las casas

Signos enteros o una división por cuadrantes es una cuestión real, con una literatura real, y no se va a resolver aquí. La exigencia es más estrecha: entender la matemática de la que se elija, lo bastante para decir qué divide y por qué. La única razón indefendible es que era la opción por defecto del programa.

Sin aditivos

La carta limpia es un punto de partida, no un logro. El hábito más difícil es la necesidad sentida de añadir algo a la lectura: mitología, lenguaje terapéutico, un sistema de chakras, una carta del tarot al final.

Cada una de esas cosas puede valer algo por sí misma. Dentro de una consulta suelen cumplir una función muy concreta: llenan el hueco donde debería haber un juicio. Cuando la técnica se acaba, hay que decir algo, y lo que se dice es aquello que el astrólogo además sabe.

Dicho sin rodeos: si la astrología no funciona sin añadidos, el problema no es la astrología. No se trata de una falta moral. A la mayoría de los astrólogos en ejercicio se les enseñó un sistema incompleto y comprobaron después, con toda razón, que había que completarlo.

Las vidas pasadas y la tentación de abandonar el presente

Un hábito emparentado es la deriva hacia las encarnaciones anteriores y la evolución futura. Ambas alejan la conversación del único periodo con el que la carta puede realmente contrastarse: la vida presente del consultante, que él puede verificar.

Un juicio cuidadoso de lo que el nativo tiene delante ahora impresiona más que cualquier especulación sobre lo que vino antes, y es bastante más útil. Es además el único tipo de enunciado que puede estar equivocado, que es precisamente lo que hace que merezca la pena formularlo.

Las creencias se quedan fuera

Los astrólogos tienen convicciones religiosas o no las tienen, y unos y otros pueden leer bien una carta. Lo que ninguno de los dos debería hacer es dejar que la convicción entre en el juicio. Una consulta es una posición de cierto poder: el consultante ha venido con una dificultad real y se tomará en serio lo que se le diga. Usar esa posición para transmitir una cosmología privada es un abuso, se haga de forma directa o por insinuación.

La paciencia y la incómoda exigencia de confianza

Todo el proceso pide dos cosas que no son compatibles con la prisa.

La primera es tiempo. Aprender los conceptos lleva un tiempo; desaprender los anteriores lleva más; recuperar la fluidez que se tenía antes lleva todavía más. La mayoría de quienes abandonan el intento lo hacen en la etapa intermedia, cuando el método antiguo ya está desmontado y el nuevo aún no es rápido.

La segunda es una confianza provisional. No se puede verificar el sistema antes de haberlo aprendido, y no se puede aprender sin concederle crédito suficiente para atravesar los primeros juicios difíciles. Es incómodo, y no hay manera de rodearlo: solo de atravesarlo, una carta trabajada tras otra.

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